PRIMERO QUE NADA, VIVAMOS EL PRESENTE !!!
Por Jorge Bucay
No está mal acumular experiencia y planificar para el futuro. Pero el día de hoy es el único momento que nos da garantías de poder disfrutar las sorpresas.
Hace mucho, cuando aún atendía en aquel minúsculo consultorio compartido del barrio de Once, aprendí de Ricardo que los hechos significativos llegan a nosotros de múltiples maneras hasta que nos decidimos a aprenderlos y ponerlos en práctica. Charlábamos una tarde de vivir intensamente el presente. Le decía yo que me parecía horrible lo que él se hacía. Cada día pensando en lo que había pasado ayer y antes de ayer y el día anterior al anterior.
Cada noche reprochándose errores cometidos y mintiéndose la idea de que si volviera atrás en el tiempo, haría todo lo contrario de lo hecho (idea de absoluta falsedad ideológica, porque si cada uno volviera al momento del error sin llevarse el conocimiento de hoy, volveríamos a hacer lo mismo, porque lo que hicimos nos seguirá pareciendo la mejor opción). Cada tarde planificando el día siguiente y el posterior y el que seguiría a aquel, para garantizarse que sucediera lo que él deseaba.
Le decía yo que el presente es el único momento en el que se podía actuar y que era su responsabilidad descubrirlo e interactuar con el mundo en el que vivía. Que yo entendía y alentaba la idea de aprovechar la experiencia y que avalaba tener proyectos, pero que ninguna de esas dos cosas debía distraerlo de vivir anclado a hoy. De hecho, le insistí, sería maravilloso poder disfrutar siempre de la sorpresa que significa estrenar cada día un nuevo e imprevisible presente. Un presente eterno y renovable. Le conté el divulgado enigma del banco que hoy comparto con usted:
Imagínese que existe un banco, que cada mañana acredita en su cuenta la nada despreciable suma 86.400 pesos. Ni más ni menos. 86.400 diarios para usted, sin pedir explicaciones ni rendir cuentas. 86.400 suyos sin impuestos.
Imagínese que la única restricción de la cuenta que le ha sido asignada es que por una incapacidad del sistema o una decisión del donante, la cuenta no mantiene los saldos de un día para otro.
Cada noche al dar las doce, como el carruaje de Cenicienta volvía a ser un zapallo, la cuenta elimina automáticamente cualquier cantidad que haya quedado como saldo. Y lo peor: también se desvanece cada peso retirado que no haya gastado durante el día.
Por supuesto que si algo de saldo se ha perdido le queda el consuelo de que al día siguiente tendrás frescos y nuevos 86.400 para gastar, sin embargo la única restricción adicional es que nadie sabe decirle cuánto durará este regalo.
¿Qué actitud va a tomar?
Seguramente retirar hasta el último peso y disfrutarlos. Cada uno de nosotros, le dije a Ricardo, tiene esa cuenta y tiene ese regalo. Cada mañana, el banco del tiempo le acredita a su disposición 86.400 segundos, ni más ni menos, y cada noche, el banco no permite cheques posdatados ni admite sobregiros. Si no usa sus depósitos del día, la pérdida es suya. Es tu responsabilidad, le dije a Ricardo, invertir cada segundo con el fin de conseguir lo mejor para vos y para los que amás.
Por Jorge Bucay
No está mal acumular experiencia y planificar para el futuro. Pero el día de hoy es el único momento que nos da garantías de poder disfrutar las sorpresas.
Hace mucho, cuando aún atendía en aquel minúsculo consultorio compartido del barrio de Once, aprendí de Ricardo que los hechos significativos llegan a nosotros de múltiples maneras hasta que nos decidimos a aprenderlos y ponerlos en práctica. Charlábamos una tarde de vivir intensamente el presente. Le decía yo que me parecía horrible lo que él se hacía. Cada día pensando en lo que había pasado ayer y antes de ayer y el día anterior al anterior.
Cada noche reprochándose errores cometidos y mintiéndose la idea de que si volviera atrás en el tiempo, haría todo lo contrario de lo hecho (idea de absoluta falsedad ideológica, porque si cada uno volviera al momento del error sin llevarse el conocimiento de hoy, volveríamos a hacer lo mismo, porque lo que hicimos nos seguirá pareciendo la mejor opción). Cada tarde planificando el día siguiente y el posterior y el que seguiría a aquel, para garantizarse que sucediera lo que él deseaba.
Le decía yo que el presente es el único momento en el que se podía actuar y que era su responsabilidad descubrirlo e interactuar con el mundo en el que vivía. Que yo entendía y alentaba la idea de aprovechar la experiencia y que avalaba tener proyectos, pero que ninguna de esas dos cosas debía distraerlo de vivir anclado a hoy. De hecho, le insistí, sería maravilloso poder disfrutar siempre de la sorpresa que significa estrenar cada día un nuevo e imprevisible presente. Un presente eterno y renovable. Le conté el divulgado enigma del banco que hoy comparto con usted:
Imagínese que existe un banco, que cada mañana acredita en su cuenta la nada despreciable suma 86.400 pesos. Ni más ni menos. 86.400 diarios para usted, sin pedir explicaciones ni rendir cuentas. 86.400 suyos sin impuestos.
Imagínese que la única restricción de la cuenta que le ha sido asignada es que por una incapacidad del sistema o una decisión del donante, la cuenta no mantiene los saldos de un día para otro.
Cada noche al dar las doce, como el carruaje de Cenicienta volvía a ser un zapallo, la cuenta elimina automáticamente cualquier cantidad que haya quedado como saldo. Y lo peor: también se desvanece cada peso retirado que no haya gastado durante el día.
Por supuesto que si algo de saldo se ha perdido le queda el consuelo de que al día siguiente tendrás frescos y nuevos 86.400 para gastar, sin embargo la única restricción adicional es que nadie sabe decirle cuánto durará este regalo.
¿Qué actitud va a tomar?
Seguramente retirar hasta el último peso y disfrutarlos. Cada uno de nosotros, le dije a Ricardo, tiene esa cuenta y tiene ese regalo. Cada mañana, el banco del tiempo le acredita a su disposición 86.400 segundos, ni más ni menos, y cada noche, el banco no permite cheques posdatados ni admite sobregiros. Si no usa sus depósitos del día, la pérdida es suya. Es tu responsabilidad, le dije a Ricardo, invertir cada segundo con el fin de conseguir lo mejor para vos y para los que amás.
Ricardo, que se definía como un hombre muy creyente me dijo al final de esa sesión, con la cara que ponen los pacientes cuando se dan cuenta de algo:
-Yo nunca había entendido el Padrenuestro hasta hoy.
Por supuesto que no entendía de qué me estaba hablando. ¿Qué tendría que ver la sagrada oración con mis alocadas ideas acerca de la salud mental?
Entonces Ricardo me explicó:
-Cada mañana, cuando rezo, le pido a Dios en el Padrenuestro "...el pan nuestro de cada día, Señor, dánoslo hoy..." Y recién ahora entiendo algo que nunca había notado: le pido a Dios que me de "hoy" el de hoy. No quiero hoy el de ayer, que quizás esté rancio y duro. No quiero hoy el de mañana, que seguramente no esté horneado... quiero hoy el de hoy... ¡Qué bueno!
Le agradecí mucho a Ricardo su enseñanza de ese día. Creyente o no, cristiano, judío, musulmán o ateo; el próximo paso nos involucra a todos. Es animarnos a vivir el día de hoy sin reproches ni postergaciones. Animarnos a vivir cada segundo de la cuenta que tenemos en el banco del tiempo.
-Yo nunca había entendido el Padrenuestro hasta hoy.
Por supuesto que no entendía de qué me estaba hablando. ¿Qué tendría que ver la sagrada oración con mis alocadas ideas acerca de la salud mental?
Entonces Ricardo me explicó:
-Cada mañana, cuando rezo, le pido a Dios en el Padrenuestro "...el pan nuestro de cada día, Señor, dánoslo hoy..." Y recién ahora entiendo algo que nunca había notado: le pido a Dios que me de "hoy" el de hoy. No quiero hoy el de ayer, que quizás esté rancio y duro. No quiero hoy el de mañana, que seguramente no esté horneado... quiero hoy el de hoy... ¡Qué bueno!
Le agradecí mucho a Ricardo su enseñanza de ese día. Creyente o no, cristiano, judío, musulmán o ateo; el próximo paso nos involucra a todos. Es animarnos a vivir el día de hoy sin reproches ni postergaciones. Animarnos a vivir cada segundo de la cuenta que tenemos en el banco del tiempo.
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